Sin lugar a duda no hay mejor trabajo en equipo que el que logran realizar los elementos de acero de refuerzo y las mezclas de concreto, un efecto de soldadura entre la superficie rugosa y el efecto de encolado de las mezclas de cemento en las armaduras de acero.

Esta adherencia cumple fundamentalmente dos objetivos; el primero es asegurar el anclaje de las barras y el segundo es transmitir las tensiones tangentes periféricas que aparecen en la armadura.

La fórmula para una muy buena adherencia se obtiene cuando el hormigón contiene una dosificación de cemento suficiente, una granulometría bien estudiada y un tanto por ciento de agua que le dé una consistencia plástica. El agua es uno de los elementos que más perjudican la adherencia.

El revestimiento de la armadura y la masa del hormigón que asegura la transmisión de los esfuerzos de deslizamiento son factores que influyen en la adherencia final de la armadura; como también la proximidad de otras armaduras, la distancia de la barra al encofrado, etc.

La corrosión puede afectar la adherencia entre las armaduras y el hormigón y con ella la transferencia de tensiones longitudinales entre ambos materiales. La perdida de adherencia suele presentar un comportamiento frágil, por lo que debe ser analizada en el marco de las estructuras deterioradas con el fin de evitar que se produzca.

Podemos concluir que la interacción acero-concreto o adherencia es un fenómeno de vital importancia para las estructuras de concreto reforzado, al ser clave en la transferencia de esfuerzos entre varillas de acero y el concreto circulante. Al tener buena adherencia podemos también concluir que un buen hormigón armado se presta para ejecutar estructuras de formas más variadas, satisfaciendo cualquier exigencia arquitectónica del proyecto.